«Vengo a repartir hostias. Y os aseguro que estas no necesitan vino para tragar»
EL PRAT, BARCELONA — Lo que prometía ser una visita pastoral tranquila, diplomática y llena de concordia, se ha convertido esta mañana en un episodio de pánico generalizado en el aeropuerto Josep Tarradellas Barcelona-El Prat. Su Santidad el Papa Francisco ha descendido por la escalerilla del avión no con los brazos abiertos en señal de paz, sino desabrochándose un grueso cinturón de cuero con mirada fulminante.
El comité de bienvenida, compuesto por las más altas autoridades políticas y eclesiásticas de Catalunya, se quedó petrificado en la pista.
«Pensábamos que iba a besar el asfalto, como dictan las viejas tradiciones, pero lo que hizo fue doblar el cinturón por la mitad y hacerlo chasquear en el aire», relataba un atónito mosso d’esquadra que formaba parte del cordón de seguridad. «Sonó como un latigazo. Hasta a los perros policía se les bajaron las orejas».
El momento de mayor tensión mediática se vivió cuando los periodistas, parapetados tras las vallas de seguridad, le preguntaron a gritos por el propósito principal de su esperada visita a tierras catalanas. El Sumo Pontífice, ajustándose las gafas y enrollándose el cinto en el puño derecho, se acercó a los micrófonos y soltó la frase que ya es historia de la Iglesia:
El doble sentido sembró el caos instantáneo. Las autoridades locales, que esperaban recibirle con una actuación sardanista y una bandeja de panellets, comenzaron a retroceder lentamente al ver que el Papa adoptaba la inconfundible postura de un abuelo a punto de perder la paciencia.
El origen de la «Santa Ira»
Según fuentes extraoficiales y muy asustadas cercanas al Vaticano, el enfado papal vendría motivado por un descubrimiento reciente. Francisco habría sido informado detalladamente sobre la tradición navideña catalana del caganer.
«Llevo aguantando diez años que me pongáis en cuclillas con los pantalones bajados en vuestros belenes, al lado de la Virgen y San José. Se acabó la tontería. Hoy va a haber llanto y crujir de dientes», se le escuchó murmurar mientras perseguía a paso ligero a un cargo público hacia la Terminal 1.
La Guardia Suiza, visiblemente desconcertada por el cambio de planes, ha tenido que improvisar un nuevo protocolo. En lugar de custodiar el Papamóvil, los estoicos guardias se dedican ahora a intentar sujetar la sotana del Pontífice cada vez que levanta el brazo armado con la hebilla.
Al cierre de esta edición, el Papa ha sido visto por las calles del Barrio Gótico gritando: «¡A ver quién es el guapo que me hace un ‘castell’ ahora!», mientras la multitud se dispersa.
Por su parte, la Archidiócesis de Barcelona ha intentado calmar los ánimos emitiendo un comunicado urgente para tranquilizar a los fieles: «Queremos aclarar que, desde un punto de vista puramente teológico, Su Santidad sí está entregando bendiciones… aunque el método sea un poco más ortodoxo y doloroso de lo habitual».


